Procaces horas de la madrugada. Me dispongo a ver el capítulo trece de la cuarta temporada de los Soprano. Estoy cerca del final y, cada vez más, trato al siguiente episodio como a una joya. He oído hablar del final de la serie. Conozco algún detalle víctima del spoiler. Pero en términos generales creo que estoy limpio para absorber todo lo me queda por ver en las dos temporadas restantes. A medida que me acerco a los finales de temporada la tensión aumenta, y crece aún más cuando los finales de temporada se acercan a la sexta y última. Por un lado siento aversión al final, no quiero que se acabe, pero por otro lado quiero saber más. Este capítulo del que hablo se titula Olas blancas y es, a mi juicio, lo mejor con pasmosa diferencia que he visto en cualquier formato narrativo. Es emocionante, es corrosivo, es aterrador, es subversivo, es muy dulce, es lógico a la par que increíble y te ataca a lo más profundo haciéndote pensar hasta destrozarte la razón. No hay el más leve atisbo de compasión, es hiperrealista. Los personajes mienten continuamente y se justifican sin piedad porque cuando uno dice la verdad el otro se le echa al cuello. Es inquietante hasta el punto de manipularte la expresión de la cara, me he sorprendido varias veces incorporándome mirando anonadado los acontecimientos que transcurrían en la pantalla. Es, sin riesgo a equivocarme, un tesoro de la psicología de un puñado de personajes que busca su propia felicidad reñida con la de sus seres queridos. Si algo de lo que veo en los capítulos restantes supera la discusión entre Tony y Carmela después de que este salga de la piscina, creo que sufriré un colapso. Y lo sufriré porque estoy muy cerca de despreciar exageradamente cualquier cosa que no sea esta perfecta serie que ha hecho mella en mi gusto. No creo que pueda soportar ver cualquier película que no se acerque a tener una trama subyacente del nivel de Los Soprano. Ese mórbido cine en el que nos hacen creer que el malo es un ser al que le gusta hacer el mal, ese ridículo cine en el que el amor triunfa con un pasional beso superada una simple discusión, ese fantasioso cine en el que el libre albedrio impera frente a limitación de las circunstancias, ese pecaminoso cine que se reduce a un grupo absurdo que pretende ser variopinto y que termina siendo totalmente vulgar... Seré compasivo o mi entretenimiento favorito morirá. Tendré fe en volver a ver algo semejante a lo que he visto en este óptimo capítulo de esta óptima serie, espero volver a ver a seres humanos en una pantalla.